Reforma Tributaria: Qué cambios y para beneficiar a quién

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Por Federico Pastrana y Juan Goldman

Hablar de reforma tributaria es un cliché de la política argentina, un lugar común. Existe un consenso tanto en los ámbitos académicos como políticos que es sumamente necesario. ¿Quién podría estar en contra de hacer una reforma tributaria que impulse el crecimiento, de pagar menos impuestos si no le aclaran qué consecuencias nocivas traería para el Estado recaudar menos o de simplificar los impuestos y quitar las “distorsiones que molestan nuestro quehacer cotidiano”? La cuestión no está en lo necesario o no de una reforma sino en qué cambios se proponen y que preocupaciones lo motivan.

*Nota publicada en Página 12

Podría decirse que el macrismo arrancó su gestión realizando cambios, inspirados en su agenda impositiva. Esto significa que durante 2016 se llevaron adelante modificaciones que afectaron la recaudación total, la importancia de cada tributo y su distribución.

El primer paso se dio durante la primera semana, cuando por decreto se eliminaron las retenciones al trigo, maíz, girasol, carne y otros. Esa misma decisión estuvo acompañada de una disminución del 35 al 30 por ciento para la soja. Estos cambios no solamente afectaron a la recaudación sino también al consumo masivo, mediante los aumentos de precio en los alimentos, como el pan, el aceite, la leche y la carne. Cabe recordar que también se eliminaron las retenciones a las exportaciones de las mineras. Todas estas políticas llevaron a una caída en la recaudación por derechos de exportación entre 2015 y 2016, a pesar del incremento evidenciado en las exportaciones agropecuarias.

El segundo bloque de modificaciones se realizó en el marco de la mal llamada Ley de “Reparación Histórica a los Jubilados”, que incluyó el blanqueo de capitales. Con su aprobación, se lograron recaudar los fondos suficientes para no incrementar el déficit fiscal en 2016. Esta Ley también incluyó la eliminación paulatina en 5 años del Impuesto a los Bienes Personales. Bajo el argumento de quitar distorsiones que llevan a que las personas no quieran blanquear sus propiedades y otros bienes, se logró eliminar el impuesto más progresivo de la estructura tributaria de nuestro país (aunque de baja participación en el total de recaudación). La pérdida de progresividad se completó con los cambios en el impuesto a las ganancias, principalmente para personas físicas. Esta modificación, sumada al contexto económico recesivo, llevó a una caída de 19 por ciento en términos reales de la recaudación total de ganancias. Por su parte, los ingresos del Estado por Bienes Personales disminuyeron 24 por ciento en términos reales en el mismo período.

A estos cambios también hay que sumarle el incremento en las transferencias de la Nación a la Ciudad de Buenos Aires. La jurisdicción más rica del país pasó de recibir el 1,4 por ciento de los ingresos de la Nación por coparticipación al 3,75 por ciento. Si bien no se modificaron los coeficientes del resto de las provincias, esta decisión muestra una clara preferencia del Gobierno Nacional, que no se ve justificada por la transferencia de la Policía Federal, tal como se planteó en un principio. Además, la Ciudad de Buenos Aires, se vio favorecida por la transferencia de recursos, inmuebles y financiamiento nacional para la realización de obras o simplemente para ampliar la capacidad de gasto del gobierno porteño. También hubo cambios en la política del gobierno central respecto a los fondos de ANSES y al endeudamiento externo de las provincias, cuyo análisis queda fuera de los alcances de esta nota.

Todas las modificaciones mencionadas tuvieron resultados concretos y, si bien no se dieron en el marco de una “reforma tributaria”, implicaron cambios significativos en la estructura impositiva, con impactos sobre la distribución del ingreso, ya que la reducción de la carga impositiva se dio principalmente en  los estratos más ricos de la población. Estas políticas no promovieron una estructura productiva menos primarizada, ni buscaron perfeccionar la intervención del Estado en la economía, ni tendieron a un mayor federalismo fiscal.

Es sabido que las rebajas de impuestos muy difícilmente permiten aumentar la recaudación, principalmente porque en Argentina la baja en la presión tributaria en general no impulsa la producción y el empleo tal como propone la ortodoxia. Por lo tanto, es muy probable que el recorte de impuestos conduzca a una pérdida en los ingresos del Estado y lleve a la necesidad de ajustar el gasto público, a fin de sostener o disminuir el déficit fiscal. En esta línea, no sorprende que junto a la discusión de la reforma tributaria se planteen cambios importantes en el régimen laboral y el sistema previsional.

Por último, es de destacar que el paquete de reformas es coherente con una manera de pensar la economía y la sociedad. Su espíritu está fundado en que la población se sienta cada vez más libre para progresar en base a su esfuerzo individual, pague menos impuestos y se eliminen las distorsiones que implica el accionar estatal. Es decir, un funcionamiento de la economía con menos Estado y más mercado.

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