Apertura asimétrica

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Por Andrés Tavosnanska

Hace pocos días se conoció el resultado del balance comercial del primer semestre, que cerró con un déficit de 2.613 millones de dólares, convirtiéndose así en el segundo peor resultado en 30 años. Sólo fue superado en 1994, luego de cuatro años de fuerte crecimiento y una casi total apertura comercial y financiera. El macrismo llega a un nivel similar, pero con el agravante de ser en un marco de estancamiento económico.

*Nota publicada en Página 12

Este resultado se produjo por una combinación de exportaciones estancadas (+0,8 por ciento en valor y -3,6 en cantidades) e importaciones en alza (13 por ciento en valor y 6,5 en cantidades). Esta apertura asimétrica, limitada a la entrega del mercado interno para ser abastecido desde el exterior, genera distintos problemas que el país ya atravesó. En términos de empleo, ya se destruyeron más de 55 mil puestos de trabajo industriales, concentrándose principalmente en las plantas textiles y de calzado del Norte, las electrónicas de Tierra del Fuego, y en una amplia gama de sectores en el Gran Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Las noticias diarias sobre cierres de fábricas y represión en sus puertas hace innecesario extenderse sobre este fenómeno.

Por otra parte, la desaparición del superávit comercial implica la pérdida de la fuente de divisas que en la última década financiaba las salidas por servicios (especialmente turismo), pagos de intereses de la deuda externa y la remisión de utilidades. En 2016, estos tres rubros sumaron un déficit de 24.300 millones de dólares. Sin suficientes exportaciones, y con la lluvia de inversiones extranjeras que no llega, esta salida de divisas continuará siendo cubierta únicamente por la acumulación de deuda externa. Esto, claro, hasta que el mundo decida que el país está otra vez sobreendeudado y dejen de prestarnos.

Revertir el incipiente proceso de desindustrialización es posible y el gobierno cuenta con numerosos instrumentos para lograrlo. Aún en un mundo donde han proliferado las restricciones impuestas por la OMC y los tratados de libre comercio, el espacio para promover el desarrollo industrial sigue siendo amplio.

Sin embargo, el desafío es grande. En las últimas dos décadas, la competencia fabril internacional ha recrudecido de la mano de la consolidación de Asia, y especialmente China, como el centro de la producción manufacturera mundial. Esto obliga a enfrentar una competencia que reúne la elaboración a gran escala, salarios más bajos, inversión creciente en innovación y desarrollo, y un amplio apoyo estatal bajo la forma de financiamiento y subsidios.

En este contexto, la administración del comercio es una herramienta indispensable para generar el mercado y las señales de precios para la producción local. Las licencias no automáticas (o antes las DJAIs), los aranceles, las medidas antidumping, las barreras técnicas o fitosanitarias y el compre nacional son algunas de las formas que toma la defensa de la producción nacional. Por más que muchas veces se intente instalar que esta política se limita a la industria textil o del calzado, la protección frente a las importaciones ha alcanzado históricamente a sectores tan importantes como el automotriz o el siderúrgico, que de otra manera no hubieran sobrevivido.

Revertir el incipiente proceso de desindustrialización es posible y el gobierno cuenta con numerosos instrumentos para lograrlo. Aún en un mundo donde han proliferado las restricciones impuestas por la OMC y los tratados de libre comercio, el espacio para promover el desarrollo industrial sigue siendo amplio.

El kirchnerismo utilizó ampliamente estas herramientas, con resultados disímiles. Las compras públicas generaron la demanda en sectores de media y alta tecnología como la construcción de centrales nucleares y la fabricación de vacunas, radares y satélites, aviones y barcos; el comercio administrado sirvió para presionar a las automotrices para que exporten desde el país, política que actualmente se materializa con el polo de producción de pick-ups; y con las licencias no automáticas, antidumpings y las DJAIs se protegió exitosamente el empleo industrial en los sectores sensibles y potenciaron los encadenamientos de los recursos naturales en rubros como el de agroquímicos.

Cualquier intento de reconstruir los incentivos a la producción nacional debería incluir la revisión de las experiencias en donde se malgastaron cuantiosos recursos públicos y de los consumidores, generando un pobre efecto productivo, como en el ensamble fueguino de celulares. Ganando en selectividad y en sofisticación de las herramientas utilizadas, se podrá dotar de un mayor impacto y sustentabilidad al proceso.

De todas maneras, este camino está lejos del emprendido por el gobierno nacional, que ha desarticulado el entramado institucional de promoción industrial construido en una década, restableciendo en simultáneo los incentivos para importar o dedicarse a la bicicleta financiera, dejando así que la producción industrial languidezca.

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